Una elección

La semana pasada me paralicé en mi cama en posición fetal. En realidad, ¿quién no estaba preocupado a ese punto, por alguna cosa o por otra, por salud o por dinero, por sí mismo o por otros? Necesitaba encontrar una forma de verlo que no me inmovilizara. Una forma de asumir el caos implicaba hacer una elección.

No tener una forma de afrontar una crisis desde el pensamiento presenta sus propios riesgos, lo reconocía y lo veía en todos los fragmentos de información que encontraba en Internet. Con las medidas para controlar la pandemia se advierte del posible deterioro de la salud mental en términos generales, por ejemplo. No solo se trata del encierro, la desconfianza social crea un ambiente “similar” al que describen en tiempos de la gripe española hace poco más de un siglo. Un tiempo de distanciamiento y de hostilidad que ya notaba en mis viajes al supermercado. Me parecía claro que era necesario escoger una mentalidad como forma de supervivencia. Paralelamente a estas preocupaciones estaba escuchando un libro y un fragmento quedó dando vueltas por ahí:

Si quieres eliminar el sufrimiento del mundo, elimina todo lo que es oscuro en ti mismo.

En verdad, el mayor don que tienes para ofrecer es el de tu propia transformación.

Hua Hu Ching, capítulo 75.

No estaba segura de qué importancia atribuirle a un fragmento (considerando que se le atribuye a Lao Tse, pero parece que es de unos siglos más tarde. Y en realidad presenta contradicciones con el Tao Te King). Era un fragmento que venía de la tradición oral y que hasta en sus traducciones se presentaba con otros detalles. No tardé mucho en responderme: la importancia que le puedo conceder está en que me parece que tiene sentido. Y en realidad no es mucho más que eso, pero para mí es suficiente. En medio del caos, el primer paso es elegir un camino y esta vez el camino no exige literalmente un desplazamiento.

El poder de transformación está claro en la dimensión más sencilla: guardar la cuarentena. Pero también es visible en otras imágenes que se revelan otra vez ante nosotros:

  • Algunas cosas tienen en cambio otro color: algunas formas nuevas de conexión se extienden desde los balcones de las casas. Y diariamente a las 20.00 en España se hace una jornada de aplausos en donde cada día nuevas luces se unen al evento.
  • Las fake news, imágenes (¿alteradas?) de los delfines en Venecia. Y en Internet versiones contradictorias sobre la legitimidad de las imágenes.
  • No todos se pueden permitir la cuarentena. La falta de protección social hace que el riesgo de contagio afecte a unos más que a otros y que en algunos países quedarse en casa con tranquilidad sea un privilegio de clase. De modo que, sí, se nos ha dicho que la enfermedad no distingue entre clases, pero ciertas clases sí que conocen mejor algunas formas de la enfermedad.

Esta y otras listas (de otras extensiones) que podrían hacerse no presentan elementos completamente nuevos. En realidad la crisis nos permite volver a ver de otra manera. Aunque es necesario decir que nadie puede asumir la extensión total de esta o de otras listas, y que hay que reconocer nuestra limitación, también hay que aceptar el fragmento de poder que nos corresponde.

En medio del confinamiento es más fácil creer que el poder de cada uno está en el poder que tiene sobre sí (en los espacios que habita, en la forma en que los habita y en cómo se aproxima o aleja de otros). Transformarse a sí mismo también es una forma de pertenecer y de transformar el mundo.

Ante las pocas posibilidades individuales de intervenir en una cadena tan pesada, se puede empezar desde otra escala. Al menos es lo que me digo a mí misma: la única forma de evitar paralizarse es asumir algo muy grande y muy complejo en trozos pequeños. Bueno, y en todo caso, el trozo de la existencia individual ya es bastante grande.

Me apunto todo esto en una nota para evitar olvidar.

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